Cualquier cristiano debe intentar saber qué es lo que cree, por qué cree y qué relación tienen sus creencias con su vida personal. La Sagrada Escritura nos invita a “saber dar razón de nuestra esperanza” (1 Pe 3,15); es decir, a poder explicar el porqué de nuestra fe. La teología, por tanto, es una reflexión sobre nuestra fe. El camino deriva del mismo dinamismo de ella: el que a través de la razón verdadera comprende ahora lo que tan solo creía, es seguro que será antepuesto al que todavía desea comprender lo que cree; pero el que ni siquiera desea comprender y opina que basta con creer las cosas que se pueden comprender, no sabe aún para qué sirve la fe1. Esta tarea de conocimiento y reflexión sobre la propia fe incide en la personalidad de cada uno, que puede realizarse de diferentes formas. De algún modo, se puede afirmar que todo cristiano es un teólogo, puesto que ora, piensa y reflexiona, sobre la fe y debe saber dar razón de esta. En la vida cotidiana se oyen frases como qué sentido tiene esta injusticia que Dios no quiere; o a pesar de todas las dificultades, yo confío en Dios; el sentido de fraternidad cristiana, ¿no somos todos hermanos?; ¿hasta cuándo, Señor?; si estuviéramos más unidos podríamos conseguir innumerables frutos. Todas estas frases, suponen una reflexión sobre la fe y en cierto sentido, son teología…
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